Por Johely Barrios Diaz, abogada y Editora de La Sociocultural.
Tiene una pluma afilada para escribir pero ha pasado la mayor parte de su vida adulta como gestora de proyectos: gracias a ese rol, se apropió de su proceso para gestar y parir la crónica La personalidad de los pelícanos (Tusquets), su primer libro. La periodista cartagenera narra, en primera persona, una historia reciente de Cartagena de Indias −sin pretender ser la historia universal−, donde se muestran aspectos relevantes de la política, los territorios, las violencias, la discriminación clasista y racista sobre los cuerpos cartageneros populares, entre otros.
Desde la primera presentación del libro, hasta hoy, se han movilizado distintas conversaciones comunitarias por el carácter dispositivo de la crónica. Una de las intenciones de la autora es que esta historia sea accesible para las juventudes, así que no solo ha puesto el cuerpo, sino los medios para hablar desde la diferencia con los lectores.
La personalidad de los pelícanos no es un producto cultural, únicamente, es la expresión genuina de un proceso donde la autora ve dentro de ella de manera cruda, incómoda, en carne viva, y permite que nosotros nos miremos dentro también, para desentrañar nuestros propios vicios. Teresita abre la conversación para profundizar en nuestra relación con la discriminación; su crónica es un vehículo para mirar de dentro hacia afuera.

Johely: Tu libro, La personalidad de los pelícanos, se publicó en octubre de 2022. Estuviste en enero de este año en Cartagena, presentaste tu libro en el Museo de Arte Moderno junto a Catalina Vela. En algún momento volviste a New York y, recientemente estuviste otra vez en Cartagena, a mitad de año. ¿Cómo fue volver a la ciudad?
Teresita Goyeneche: El libro se publicó el 24 de octubre de 2022 y quince días después a mí me dieron el Simón Bolívar (Premio Nacional de Periodismo en Colombia) por una crónica que tiene el mismo registro de La personalidad de los pelícanos. Esa crónica es sobre mi abuela y también viene de un ejercicio desde adentro, está escrita en primera persona y buscaba contar una historia particular, pero también una muy universal de un país que carga con la huella de la violencia en múltiples generaciones y de múltiples formas. Cuando me dieron el Simón Bolívar, mucha gente pensó que me estaban dando el reconocimiento por La personalidad de los pelícanos, así que el libro se empezó a vender muy bien.
Cuando llegué a Cartagena, en las vacaciones de diciembre, estaba haciendo un doctorado en Nueva York. Apenas el libro estuvo afuera, lo primero que hice fue hablar con Gustavo Sands, quien hace las fiestas en Bazurto, porque yo quería que el lanzamiento fuera allá; me parecía un punto geográfico importante para la historia que se cuenta en el libro, y también un punto geográfico muy importante para la gente que yo quería que leyera el libro, que eran las personas más jóvenes, las nuevas generaciones que de pronto no tenían tan clara la historia que yo estaba contando. Pero las cosas con Gustavo no siguieron adelante.
Yo no le había propuesto nada al equipo de Imagina Cartagena, no porque no creyera en el proyecto, sino porque yo los mencionaba al final del libro y me daba vergüenza decirles que hiciéramos el evento, pero finalmente, se dio casi natural. Cuando llegué a la presentación junto a Imagina Cartagena, no tenía claridad de cuántas personas habían leído el libro porque acababa de salir hace un mes y medio. Yo pensé que iban a llegar quince personas al lanzamiento, pero la sala se llenó, incluso había gente de pie. Yo estaba emocionada porque para mí fue una sorpresa increíble ver que, ya en ese momento, había mucha curiosidad por saber qué era lo que estaba pasando con el libro.
Luego vino el Hay Festival. Publicar un libro con un sello como Tusquets es una ventaja porque tienen todos los contactos y a mí me hicieron un hueco en la agenda del Hay! Estuve en una charla terrible, pero me dio mucha visibilidad, el libro se vendió muchísimo pero también tomó un color distinto, porque llegó a manos de los turistas que van a Cartagena a vacacionar, a quedarse en un hotel cinco estrellas del Centro Histórico, gente con mucho dinero. Eso pasó entre diciembre y enero. Yo no quedé satisfecha, quería que el libro lo leyeran los más jóvenes y eso no me lo dieron en el Hay Festival.
Cuando regresé a Nueva York a hacer el semestre, ya tenía pensado volver a Cartagena. Desde entonces, ya tenía en mente que quería hablar en las universidades, le escribí a varias, y después hablé con Cindy Herrera, que, de hecho, estuvo en mi casa y me contó cuál fue su lectura de La personalidad de los pelícanos, y de alguna forma, eso nos hizo amigas. De hecho, ella terminó armando un taller que impartimos ambas en la Universidad de Cartagena, y un espacio de conversación.
Realmente, tuve varios espacios con jóvenes muy interesados y comprometidos en participar y cuestionar la ciudad, y eso fue lo más importante para mí, incluso, más que eI Hay!
Hoy, un año después, la gente sigue leyendo el libro, lo sigue compartiendo en sus redes contando sus opiniones. Para un primer libro eso es un éxito porque no tuvimos participación en la Feria del Libro de Bogotá o la de Medellín, sino solamente en Cartagena.
J: Cuando comencé a ver, a través de tus redes, las presentaciones en universidades, me pareció espectacular porque parece que la “cultura” está en el museo, en el teatro o en el cine; sin embargo, también debería llevársela a lugares donde no se la espera, como colegios, prisiones, universidades…
T: No había pensado lo de las cárceles pero es muy buena idea. Diría que hay una idea de que la cultura se trata de exposiciones en un museo o festivales de música. La cultura, en realidad, es como una burbuja en donde las personas existen a través de una serie de valores, de unos sistemas de creencias y de conocimiento. Eso que nosotros llamamos “cultura”, son productos culturales. La personalidad de los pelícanos es un producto cultural, aunque también es una forma de gestar pensamiento crítico que reta a las estructuras de poder. Pero eso no se puede hacer desde plataformas como el Hay! Por ejemplo, las preguntas que me hizo David Lara fueron lo peor y eran justo para el gusto de esa audiencia que teníamos nosotros al frente. A nadie le cambió, la gente se fue de ahí pensando exactamente lo mismo que pensaba antes. Claramente, existen productos culturales que sirven para que la gente se reafirme, pero este lugar desde donde yo me paro es distinto.
J: Cuando volviste a Cartagena en junio de este año, ¿tu perspectiva de ciudad cambió con la retroalimentación de los lectores, o qué pasó ahí?
T: Mucho. Llegué a Cartagena en julio, en realidad, y habían abierto Savia, que es un café que está detrás de la sede de la Universidad de Cartagena en Zaragocilla; me invitaron a hacer una presentación del libro moderada por Ruben Egea, Muriel Jiménez y Orlando Deavila Pertuz.
Estaba lleno de gente muy joven. Lo más lindo del evento fue hablar del libro durante dos horas con la gente que alzaba la mano y expresaba sus comentarios. Para mí eso fue liberador, porque se convirtió en un espacio en el que la gente estaba en modo confesión y desahogo, y apropiándose de su lugar de enunciación. En ese momento sentí que yo estaba donde debía estar. Pensaba: Estoy en el lugar donde la gente siente que el libro le está abriendo la puerta para hablar y que de otra forma no tendría este espacio.
También estuve en una feria del libro en Barichara para tener todas estas conversaciones. Fue interesante ver estos paralelos que se crean: parece que entre Barichara y Cartagena no hay nada en común, pero tenemos mucho en común, y podemos tener estas conversaciones, aunque nuestras experiencias no sean iguales, y tener puntos de encuentro.
J: En La personalidad de los pelícanos, dices que los libros se volvieron un espejo para verte. Yo voy más allá, si los libros eran un espejo en el cual tú te podías ver, ¿Hubo un momento en que las lecturas y la propia distancia te mostraron cosas que tú no conocías?
T: Sí. Lo primero es que no soy periodista de carrera, sino periodista de oficio. Empecé a estudiar Comunicación Social pero sentí que era una carrera con poco fondo: Yo quería aprender todo. Lo único que conocía del mundo era a través de la Enciclopedia Encarta y las novelas que me leía. Así que después me fui a estudiar Relaciones Internacionales en Barranquilla, que era una carrera que no había en Cartagena, en ese momento. Yo ya escribía crónicas, ensayos y reseñas para medios independientes, pero cuando empecé a hacer la formación periodística en la Fundación Gabo, entré en la estructura de cómo se hace el buen periodismo, el periodismo objetivo. En la fundación leí a las grandes plumas del periodismo latinoamericano.
Cuando llegué a Estados Unidos con esa estructura, ese uniforme de periodista objetiva, de tercera persona que no se puede permitir mirar, mostrar o dar señales de que hay una subjetividad detrás, comencé a cuestionar el periodismo. Ya no había clic entre lo que yo escribía y lo que sabía, hasta que hice la maestría. Sabía que quería escribir un libro sobre Cartagena pero no sabía cómo luciría: debía contar la Cartagena que a mí me dolía y que le dolía a tantas personas. Pero yo tampoco sabía ni siquiera en dónde me dolía. No sabía cómo contar una historia que fuera distinta de todas las demás historias de Cartagena.
Empecé a darme cuenta de que lo que yo aprendí en la Fundación Gabo no estaba siendo útil y luego fueron pasando muchas cosas: La primera fue que la conversación racial en Colombia estaba todavía muy cruda, hace seis años todavía estaba bien visto pensar que en Colombia no había racismo o era un racismo que no se manifestaba como en otros lugares. “En América Latina es muy distinto”, “Todos somos mestizos”, esos fueron los primeros encontrones que yo tuve, encontrones por el cómo se abordan las políticas raciales, el lenguaje. Tuve experiencias personales en las que no podía ver el racismo que se me señalaba. Entonces me empecé a dar cuenta de que necesitaba la educación que no había tenido nunca porque me había apegado a unos discursos muy hegemónicos. Yo me estaba resistiendo a pensar desde otro lugar, entonces supe que tenía que leer un poco más para entender todo eso.
Tomé una clase en la escuela de Estudios Medio Orientales sobre Identidad y Cultura, se llamaba Psicoanálisis e Identidad. En esa clase, me di cuenta de que yo quería ser doctora porque los estudios doctorales obligan a tener estos procesos de conflicto y confrontación con las estructuras de pensamiento que se nos imponen, así que te obliga a salir de ahí y a pensar en otros mundos epistémicos. Recuerdo que en la clase yo, por primera vez, estaba leyendo a Fanon, que es lectura básica.
Después empecé a escribir el libro y prácticamente hice un duelo conmigo misma porque antes no podía ver todas esas cuestiones. Eso pasó el segundo año del libro y me sentía mal todo el tiempo. Era una sensación de inseguridad muy fuerte, vulnerabilidad, de piel en carne viva, me sentía muy equivocada. Después hice las paces conmigo y decidí que lo mejor que podía hacer era escribir sobre mi malestar, de dónde nacían todos esos pensamientos. Aunque yo nunca he dudado de que soy una buena persona, creo que la distinción entre lo bueno y lo malo también está determinada por el contexto en el que tú creces.
Los gringos me enseñaron cómo escribir en primera persona. Utilicé esas herramientas para hacer una investigación interna, dentro mío. Se trataba de un malestar que me enfermó durante ese segundo año de la maestría, porque yo sentía que no entendía nada. Ahí comencé a escribir en primera persona. Hubo cosas que funcionaron y otras que se quedaron por fuera. Pero ahí es cuando digo que los libros fueron un espejo, porque yo los empecé a leer desde esa incomodidad. Me ayudaron a entender dónde me estaba doliendo, por qué me estaba sintiendo mal conmigo misma, porque todas estas cosas tienen un nombre, un origen, un lenguaje, y también tienen una forma de perpetuarse.
J: De La personalidad de los pelícanos destaco el ejercicio de mirarte cruda, de saber que tú eres sujeto de escrutinio. Tú no construyes al discriminador como un otro que no tiene nada que ver contigo, sino que te sitúas en primera persona. Me parece importantísimo porque todas hemos bebido de ese agua.
T: Exacto. Justo eso fue lo que pasó con el libro. Yo sabía que quería escribir una historia de Cartagena que hablara sobre esa frustración de ciudad que yo sentía, no como un observador sin lente que solamente se dedica a describir.
He visto periodistas más serios, por así decirlo, que no consideran que el libro es una crónica si no un diario, o una biografía. Hay muchas experiencias mías pero de ninguna forma creo que yo cuente la historia de mi vida. Yo hice una curaduría con aquellos elementos históricos y culturales que creí que eran importantes para contar esta historia. También me pareció muy peligroso hacer todo esto que decía tu amiga, sobre la autorreferencia y universalizar la experiencia propia como si fuera la experiencia de los demás. Lo que sí creo es que mucha gente sí se puede identificar con eso que menciono, eso que tenemos adentro, que podemos señalar a los demás, pero que nunca hemos hecho el ejercicio de señalar dentro de nosotros mismos.
J: Teresita, en el último capítulo, hubo un momento entre tú y tu padre, Fredi, donde dices que eran como “una pistola sin pólvora», discutían mucho. Cuando él hablaba de la situación política de la ciudad, él lo achacaba al capitalismo; sin embargo, tú hablabas de la interseccionalidad entre raza y clase. Como lectora, me hice la idea de un ambiente conflictivo, pero también me pareció interesante porque el desacuerdo es parte de la conversación. ¿Cómo se recupera el diálogo desde la diferencia?
T: En específico, discutía con mi papá porque él es de las personas que más sabe, con la que tengo desacuerdos, una persona que quiero. Tenemos desacuerdos que son, sobre todo, generacionales. Yo más que él, he hecho el ejercicio de entender cuál es su contexto, de dónde viene lo que él está pensando, cuáles son sus propios dolores. Escribí al respecto para una revista feminista peruana que se llamaba La Malquerida. Escribí, específicamente, sobre un viaje que hice a Cuba en diciembre de 2016. Mi papá y yo estábamos distanciados, no hablábamos hace meses. Cuba era, además, un símbolo de lo que era mi papá: los principios, las masculinidades, la forma de existir caribeña, rebelde, el nuevo hombre o la revolución. Entonces quise entender cómo todas estas cosas y todos estos lugares habían autorizado a mi padre a ser quien es y a posicionarse como este hombre académico que es, y también a verlo con una compasión que yo antes no le otorgaba a nadie. La compasión no es lástima. La compasión es una forma de amor que creo que debería darse, en primer lugar, a todas las personas que uno ama: se trata de poder verla como un niño de siete años que tiene todas esas inseguridades y dolores que carga y arrastra consigo. Y desde la compasión y desde sus propias estructuras y todas estas cosas me permití abrazarlo desde otro lugar.
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