Por Danny Arteaga Castrillón (@danny_arteaga_castrillon)
Aquí un abordaje a “Barrio Bomba”, segunda novela del colombiano J. J. Junieles. Así como en “Pedro Navaja”, la canción de Rubén Blades, esta novela es la fundación de una mitología contada al ritmo de las esquinas, donde se ríe para no llorar y se baila para no explotar; porque para los que no tienen nada, su historia es todo. Publica Periscopio Editorial.


Sin duda el barrio, la idea del barrio, está relacionado, inmediatamente después de la casa, con la nostalgia. Ese espacio se configura en la memoria y toma la forma de un escenario donde desfila una buena parte de los recuerdos de la infancia, la juventud o, incluso, los de una génesis familiar. Esto parece acentuarse cuando dejamos de pertenecer al barrio y, ya en la adultez, habitamos otro, que siempre nos hará sentir ajenos y nos hace añorar en silencio al anterior. No queda más que remitirse a las formas de la memoria atadas a ese espacio, tanto las propias, como las de los demás, porque si algo caracteriza a un barrio es también la complicidad, esa sensación de forzada empatía en la cual lo que le sucede al otro, al vecino, de algún modo también le sucede a uno. Lo que queda, entonces, son las historias, esas que a veces recreamos en secreto, pero que aquí, en la novela que nos atañe, Barrio Bomba, J. J. Junieles las vuelve escándalo, carnaval, hechizo, paradoja, absurdo, sabiduría…, con todo y las irracionalidades e informidades que el tiempo provoca en los recuerdos.
El libro opera, entonces, como un lugar donde se materializa la memoria colectiva de una barriada, que se despliega en las páginas con el impulso mismo del instinto de recordar; pero no se trata de la memoria del autor (aunque algo de ello o mucho habrá), sino la de su personaje-narrador, Adán Bonanza. La alquimia de Junieles consiste en inventarse un protagonista, dotarlo de una voz, de un carácter sensible y jocoso, y ponerlo luego a recordar, con la tranquilidad de quien atiza un fuego convocante, sus propias vivencias y las de sus semejantes, en un hipotético vecindario de un hemisferio impreciso.
De allí se desprende una rica y variopinta constelación de personajes e historias, que van dotando de identidad a ese pequeño universo escondido en la periferia de cualquier urbe, de esos de los que todos oyen hablar, pero no atreven aproximarse. El narrador nos habla desde allí dentro, a través de un monólogo que sabe ramificarse y trascender el tiempo y el espacio, y hacernos habitar las galerías enrevesadas del recuerdo, para que en ella seamos testigos nosotros mismos de cómo se configura un mito y, con ello, cómo se acalla el olvido. Los efectos de la “cantaleta de la memoria”, como la denominaría Adán Bonanza.
La construcción de una mitología obliga, de alguna manera, a dotar la realidad de cierta irracionalidad, desprenderse con sutileza de los hechos tal y como se recuerdan, pero sin distanciarse del todo, como el padre que narra sus aventuras a su hijo sin alejarse tanto de la realidad como para convertirlas en mentira, ni ser tan fiel al hecho para que parezcan tediosas e insustanciales, sin la emoción propia de los mitos duraderos. Junieles busca que su narrador nos cuente las historias de Barrio Bomba con un propósito similar. Para ello apela al realismo mágico, con el ánimo de conformar su universo y resaltar aquellos elementos capaces de otorgarle una condición extraña o, incluso, aproximarlo a lo fantástico sin entrar de lleno en él. “Yo sabía del mundo antes de nacer; creo que por eso di tanta guerra para salir del vientre de mamá, ya que pude ver mucho a través de su ombligo, que era transparente y todo se veía como en un espejo empañado”, dice con tranquilidad Adán Bonanza en las primeras páginas, antes de hacer una especie de sobrevuelo en torno a Barrio Bomba y poner en relieve algunos de los elementos y tonos que caracterizarán el resto de la obra.
No es la búsqueda del asombro, entonces, lo que se pretende con la inserción de ese tipo de imágenes que contienen lo fantástico o lo extraño, sino más bien normalizarlo en el paisaje narrativo del barrio y otorgarle una condición especial, al diferenciarlo de la ciudad o de los hipotéticos barrios aledaños. El entramado del realismo mágico (un homenaje, además, al universo mancondiano), sobre el cual se sostiene la historia, tiene un propósito más ambicioso, también relacionado con la creación de una mitología: el establecimiento de una idiosincrasia colectiva. Esto compete una génesis, una narrativa fundacional, una tradición, incluso una cosmovisión. Todo ello parte de la voz de Adán Bonanza, nuestro primer contacto con ese eco barrial, que luego también se extiende hacia los demás personajes, cuyas vivencias van sumándose al aspecto identitario del lugar. Como Juvenal Bonanza, apodado Caribú porque solo usaba pantalones de esa marca y dueño de una serpiente de dos cabezas, o el abuelo Feliciano y su extraño encuentro secreto con una bruja, o el curandero del barrio, Prisciliano Campos, que andaba con una lechuza en los hombros considerada por él inmortal y sobreviviente del diluvio, solo por nombrar algunos.
Parte esencial de esta construcción se halla en el trabajo con el lenguaje, que es donde reside el valor de la obra, sobre el cual recae, también, el peso simbólico del barrio y donde esa misma idiosincrasia se manifiesta. Así, refranes, dichos, sentencias cargadas de sabiduría popular salpican en la narración de Adán Bonanza, y todo ello se magnifica con tal vez el elemento más rico de esta voz: el juego con la hipérbole, que, además de ayudar en la construcción del tono de ese imaginario colectivo, acentúa el sentido del humor que atraviesa la novela. “Y, como dicen, no le faltaba un tornillo, sino la ferretería entera”, “aquí el viento es terrible y poderoso: a veces pasa y los vecinos terminan en las camas ajenas. Tanto que ya nadie sabe quién está criando a los hijos de qué vecino”, “aquel proyector emanaba una luz tan intensa que espantaba hasta a los murciélagos”. Solo por nombrar algunos ejemplos tomados casi al azar.
Es así como, partiendo de ese tono, y con un anecdotario a cuestas, el barrio va tomando forma en la mente del lector, y se va sintiendo de alguna manera familiar en él, aun cuando no siempre se hagan evidentes las dimensiones espaciales o temporales. Parece, más bien, que su aspecto y su color están hechos de palabra, de lenguaje, de leyenda, más esa capa brumosa que le otorga el fluctuar constante entre lo fantástico y lo real.
Sin embargo, este conjunto narrativo, en últimas una construcción de acervo cultural, no opera como un capricho del autor ni como una excusa para sentirse el demiurgo que se ufana en las mieles de la creación propia, sino que devela un propósito más profundo: la resistencia al progreso. La forma de la idiosincrasia de Barrio Bomba se vincula con esa manera de luchar constantemente contra las imposiciones externas, el monstruo de la ciudad, el virus del sistema, que siempre intenta traspasar las frágiles fronteras y arrebatarle su condición de inefabilidad. Es así como J. J. Junieles, casi a hurtadillas y oculto tras el humor y lo irracional, va tejiendo su crítica social. El acto narrativo mismo parece, incluso, delatar esa lucha, como si el autor en su escritura estuviera también resistiéndose a ese progreso. Por eso el apego de la obra a la nostalgia, porque es solo conservando la memoria, sintiéndola, extrañándola, reviviéndola, reafirmándola y tallándola en las páginas, a través de la voz de Adán Bonanza, como se vence la indiferencia del exterior y la frialdad de ese sistema que siembra olvido tras su paso y lleva consigo el rayo que vuelve obsoleto todo aquello con pretensión de perdurar, como Barrio Bomba.
“En un mundo en el que los pueblos son tragados por las ciudades, también es fácil que los barrios sean engullidos por ellas, en especial, Barrio Bomba, que desde su origen tuvo más alma de pueblo que de barrio, y por eso tardó más de cien años en ser devorado por eso que llaman el ‘progreso’, y después fue escupido de la memoria de muchos, que luego negaban su paso por esas calles”, dice Adrián Bonanza, en una de esas reflexiones cargadas de sabiduría y de mordacidad, a las cuales recurre para también sumarle las críticas a la política, la corrupción, la inequidad, entre otros temas, y que aborda en varias de las historias o que encarnan algunos de los personajes más destacados, sin perder el sentido humorístico y sardónico (como en el capítulo titulado “Donde se habla de Abelardo Carbonó y de Barby, el sicario que tenía un tatuaje en el dedo con el que jalaba el gatillo, y se cuenta sus negocios con el Matarife”). Por tal razón, Barrio Bomba es también una representación reducida de la Colombia abandonada, que opera con sus propias normas y reacciona por un instinto de supervivencia. Es un espacio donde se pone en contraste ese mundo de la periferia, con respecto a la ciudad agitada y en continuo cambio, tal vez una invasión que se va transformando, o mutando, o fragmentando a través de sus historias, y donde acaso, a pesar de lo irracional, se esconde la felicidad.
Por ello, el acto de recordar termina por motivar el regreso, a modo de visita, al barrio. Es una manera de acariciar esa felicidad, que, igual, era desconocida en el pasado, porque es en verdad una felicidad que solo existe y se forma en la memoria. Tal es la razón, además, del tono poético alcanzado en las últimas páginas de la novela: “yo tomaba la foto como quien llena de agua el cuenco de las manos, observándola agradecido, cual una limosna del tiempo, convencido de que gracias a cosas como esta también se vive”, dice Adán Bonanza, a propósito de la única fotografía que aún conserva del ayer. Es en esa voz poética donde la nostalgia encuentra el escenario más cómodo para solazarse con su sorda y al mismo tiempo acogedora luz. Es el lenguaje adaptándose al espíritu del instante. Es el mito alcanzando su culmen, el momento en que se le contempla con extrañeza desde el exterior y comienza su viaje de expansión oral, como una ventisca eterna. No sería extraño, entonces, que con el tiempo las anécdotas de Barrio Bomba, sus personajes peculiares, su tono satírico y mordaz, los efluvios de lo fantástico, se inserten poco a poco en nuestra memoria colectiva; pero esa es otra historia.
Sobre el autor del comentario: Danny Arteaga Castrillón. Periodista con maestría en Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá (Colombia) Es además docente en el pregrado de Creación Literaria de la misma institución. Ha enfocado su labor profesional en el periodismo cultural y la crítica literaria y cinematográfica, por medio de la realización de contenidos en diferentes medios.
Sobre el autor de la obra: J. J. Junieles. Escritor y periodista colombiano, autor de “Barrio Bomba”, también de cinco libros de poesía y cuatro colecciones de cuentos. Su primera novela, “El hombre que hablaba de Marlon Brando” (Editorial Planeta, 2020), saldrá publicada en Italia en 2026.
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