Por Bruno Theilig (@brunotheilig), escritor y gestor cultural argentino.

Nombrar el mundo: palabra y lenguaje
Cada lengua encierra un modo de habitar la realidad: lo que en un pueblo se dice con una sola sílaba, en otro requiere un poema. Así, los idiomas dejan de ser meras herramientas de comunicación y se convierten en visión, mapas sensibles que moldean la experiencia. Nombrar es también fundar costumbres, conservar la memoria y crear rituales: la palabra compartida alrededor del fuego, el proverbio que pasa de generación en generación, la oración que implora, la canción que celebra.
Pero la palabra no es solo memoria: es poder y destino. Con ella se dicta la “ley”, se convoca a la guerra, se declara el amor o se funda una obra de arte. En el silencio que la precede y la sigue, palpita la dimensión más profunda de nuestra existencia.
¿Es el idioma un simple medio de comunicación o la forma misma en que existimos en el mundo?
I
Alimento y herencia
La palabra es, en esencia, el pan caliente de cada día. Un alimento antiguo y necesario para la subsistencia de los pueblos y los hombres. Requiere, para llegar a su forma final y apetecible, un trabajo de preparación, de siembra y cosecha, de manos y de elaboración. Así, como en las antiguas tahonas de Arabia, un animal tiraba la rueda que molía los granos para transformarlos en harina; así, con el mismo esfuerzo y sudor, se cosecha la palabra, para que, como el pan, llegue a nuestro cotidiano después de una larga cadena de trabajo.
El lenguaje, en cambio, atiende a otra tradición. Necesita del pan de la palabra para moldear su fisonomía lingüística. Forma parte de la expresión humana y adopta la forma geográfica de sus hablantes. Tiene en su haber una transformación genuina condicionada por modos y expresiones —ganadas y perdidas— por el paso del tiempo y condiciona el entendimiento humano. Sin el lenguaje, la palabra solo sería un elemento inefable e inocuo.
II
El lenguaje como territorio y frontera
“El pan huele a mi madre cuando dio su leche”, dice un gran poema de Gabriela Mistral, para conmovernos con el candor dulce de una madre que alimenta a sus hijos. Todo pan, como toda palabra, es en esencia un regalo candoroso de nuestros mayores. Siempre hay sabor a leche y un aroma de padres y madres en nuestras primeras palabras. La acción mimética que adoptamos para comenzar a entender la palabra incluye el corte de aire y el tono de nuestros predecesores. Las sílabas iniciales, balbuceos que se transforman en fonemas, llevan consigo la impronta de las voces que nos arrullaron y nos enseñaron a nombrar el mundo. Este proceso de imitación no es meramente una repetición; es una asimilación profunda que nos conecta con una tradición lingüística y cultural que nos precede y nos envuelve.
En el lenguaje, las limitaciones son propias de sí mismo. El lenguaje está sesgado por el idioma y contenido por una tradición de límites culturales, geográficos, étnicos y religiosos.
El lamento más genuino y profundo de mi gente de Argentina es perfectamente incomprensible en cualquier otra parte del mundo. Es decir, cada “región” concibe un lenguaje propio que moldea la expresión en sí misma, y por más que el lamento ante una desdicha o una circunstancia feliz sea el mismo en todas partes, lo comprendemos distinto según el idioma subyacente. Las expresiones vernáculas, lamentablemente disminuidas en estos tiempos de globalización, fueron la semilla y la raíz de esta rica diversidad lingüística. Tras asomar sus brotes al sol de la interacción humana, se mixturaron con el contexto individual de cada región, dando origen a una miríada de formas de expresión. La colonización en América, la llegada forzada de esclavizados africanos y la arraigada tradición religiosa son solo algunos de los poderosos vectores que, al entretejerse, dieron forma al nuevo y frondoso árbol del lenguaje. Cada una de estas influencias aportó no solo palabras y estructuras gramaticales, sino también cosmovisiones, narrativas y sensibilidades que enriquecieron el paisaje lingüístico.
Este proceso de mestizaje y evolución es continuo. El lenguaje no es una entidad estática, sino un organismo vivo que respira, se adapta y se transforma con el tiempo. Las nuevas tecnologías, las migraciones masivas y el intercambio cultural constante siguen influyendo en la forma en que las lenguas evolucionan y se adaptan a las necesidades comunicativas de sus hablantes. En este sentido, cada dialecto, cada acento y cada modismo es un testimonio viviente de la historia y la identidad de un pueblo.
Sin embargo, esta diversidad, aunque enriquecedora, también presenta desafíos. La incomprensión entre diferentes lenguas y dialectos puede generar barreras en la comunicación, malentendidos e incluso conflictos. Es por ello que la preservación y el estudio de las lenguas, especialmente aquellas en riesgo de desaparecer, se convierten en una tarea crucial. Cada lengua es un depósito invaluable de conocimiento, cultura y formas únicas de comprender la existencia.
III
La Memoria compartida
“Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos” dijo Jorge Luis Borges, abriendo una grieta filosófica y sensible a la discusión de la palabra.
Si cada término lleva consigo el eco de recuerdos compartidos, entonces elegirlas con cuidado es fundamental para construir puentes de entendimiento y para honrar la complejidad de la experiencia humana. Las palabras pueden ser instrumentos de conexión y de construcción, pero también de división y de destrucción, dependiendo de la intencionalidad y la conciencia con la que se empleen. La grieta a la que alude Borges no es solo una invitación al debate intelectual, sino también a una profunda introspección sobre el poder y la fragilidad del lenguaje en la configuración de nuestra realidad compartida. Esa memoria común enlaza, a su vez, con los relatos míticos que explican los orígenes del decir.
IV
Un origen del decir
¿Sabían los albañiles enviados por Nemrod que no construían una torre, sino un lenguaje?
Se dice que Odín habló en versos después de beber el hidromiel de los titanes. ¿Habrá reconocido el surgimiento de la poesía? Sir Edwin Arnold asegura en su libro “Luz de Asia” que Buda era un poeta y que predicaba en versos.
Cada pueblo cuenta los orígenes del lenguaje de manera distinta, por medio de sus creencias, tradiciones y cultura. Lo cierto es que cada vez que moldeamos una palabra aludimos al mundo de los símbolos y de la memoria: los símbolos como fisonomía visual de la palabra escrita; la memoria como tradición inconsciente de un devenir constante de culturas e historias.
El pan de lo humano:
Una palabra no dice nada o lo dice todo, pero a la luz de nuestro entendimiento, una palabra es el pan de cada día que nos mantiene humanos.
El pan sostiene el cuerpo, la palabra sostiene lo humano en nosotros. En su fragilidad estamos latentes: sin ella, no habría comunidad ni destino.
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