Por Eric Ibarra (@sinfoniadepapel_), escritor adjunto de La Sociocultural.

Me encomendaron la tarea de sufrir. Y creo que lo he conseguido. El manifiesto del espejo es un zarandeo del alma. Una colisión contra el espíritu dormido y aletargado que a veces olvida aquellas emociones ocultas en los intersticios de la vida como lo terrible que hay detrás de unas cortinas, la infancia de muñecas rosadas, los múltiples nombres en múltiples rostros. Cindy Herrera me trajo el recuerdo (que no es mío) de una niña triste caminando descalza en una playa del Caribe. Inundó mis días con una sensación de “he de sufrir hoy”. Me hizo enfrentar el espejo y ver una imagen empañada. ¿Quién está del otro lado de ese rectángulo? Una vaga idea de algo horrible. Vengo, entonces, a describirles el sufrimiento expuesto en El manifiesto del espejo; aquel que uno siente en el paladar, en la sal, en la voz que no brota, en el grito que emite el aire antes de que el propio se atreva a surgir. Y, claro, como el mismo sufrimiento nos hace humanos, experiencias compartidas que se despiertan unas a otras como el sol secando el rocío.
Resuena, tácito pero con portento, lo íntimo. Esa mirada hacia dentro, visceral, que se vuelve tan particular que inevitablemente es universal. A lo largo del conjunto de relatos podríamos llegar a sentirnos intrusos; espectadores de un acontecimiento indecible, del cual estamos apenas con permiso de entrar, como si fuésemos vecinos de toda la vida. Jueces, diría Cindy. ¿Pero qué puedo yo juzgar? Si mis propias ruinas se asemejan tanto a las leídas. Y descubro que de eso se trata; de experimentar la intimidad ajena con el respeto de pensar en la propia, con el respeto de quien acompaña a alguien en su viacrucis.
Poesía contra la crueldad
Leer la ópera prima de Cindy, Adela, es nuestro primer encontronazo con el sufrimiento. Da la sensación de que el malestar ya venía con nosotros; Adela solo hizo mover unas fibras aparentemente dormidas. “Es como si aún la viera…”, empieza. Y claro, sentimos que nos hablan de algo ya vivido por todos. Basta leer las descripciones iniciales de la pequeña Adela (“Diosa de cabello largo y crespo…”) para notar que es un poema andante. Y como todo poema, canta poesía:
El verso le salía al paso. Pilando el arroz, desplumando una gallina (…) y como en una oración, esperaba la noche con su canto.
Me encanta Adela y su bullerengue. Nos conquista con su inocente rubor y esa ilusión infantil que todos alguna vez poseímos en nuestras manos como una amapola (la dichosa flor de bonche) que es símbolo de todo lo hermoso de estar vivo.
Pero, rápidamente, pues recordemos que esto se trata de sufrir, se nos presenta la antítesis en su padre. Podemos inferir símbolos: el machismo, el abandono, el desplazamiento del rencor por el abandono de la madre, los sueños frustrados. Pero, asimismo, me interesa saber qué puede llegar a evocarnos la imagen de una niña en El Calderero. Se podría decir: “oh, es darse de cara contra la realidad” ¿y quién dijo que la poesía y lo bello no es también la realidad?; “oh, es el realismo mostrando su fuerza sucia contra las débiles ilusiones” ¿y quién dijo que un poema y la esperanza no es vigor, firmeza, materia? No estamos ante la realidad total, sino un producto: la crueldad. El hecho fáctico de que la infancia de Adela era un mariposario de puertas cerradas y que una vez abiertas, descubre que el mundo es tan grande que también hay crueldad más allá de la de su padre y las mariposas quedan como motas en el inmenso cielo. Es ante esta verdad, shakesperiana, pero también del Caribe y del mundo, donde habita el sufrimiento en Adela. En la sorpresa inevitable de que también pervive lo terrible.
¿Y quién ganó? ¿El suave movimiento de la poesía o los rústicos tufos de la inmundicia humana? Es difícil saberlo. Pero creo que eso en Adela puede importar poco, porque siempre se recordará al bullerengue llorando su luna. “Toquen los tambores, es Adela”. Y siempre que sea ella, será poesía.
El símbolo corrupto
La oscuridad nunca fue tan clara como en De Barbie y otros juegos perversos, donde se sube el telón para hacernos testigos de una ficción que, lamentablemente, de mentira tiene poco. Se habla de lo que mucho se habla, pero poco se expresa con la viveza de la narradora, quien nos lleva de la mano por aquel cruento abuso sexual que le ha marcado toda su vida. Podemos resaltar la sagacidad de los símbolos y metáforas: el color rosa como marca social de lo femenino, aquí se pervierte y se torna recuerdo de las vejaciones; el cumpleaños, signo de la vida y celebración, trastocado en día de horrores (“él tenía un afán por metérmela cada cumpleaños. La muñeca”); y finalmente la muñeca Barbie, símbolo que podríamos asociar a la inocencia de la niñez y los juegos, se vuelve una terrible exhibición de apariencia, el plástico como rigidez y falsedad, y el intento de eclipsar la violación sexual con regalos, fingiendo ser muestras de amor. Claramente es un sufrimiento vomitivo.
Las consecuencias perduran y se trasladan a las siguientes relaciones de su vida. “Cosas mías, no preste atención”, nos dice la narradora. Y no hace falta decir más para compadecerse. Se carga un peso inmenso, el cual carcome, haciéndole imposible salir de ese estado de emergencia constante; de mirar de reojo las cosas, porque detrás de cualquier rosa puede haber una espina manchando de sangre el resto de su vida.
Machismo internalizado
En Los fritos de San Diego la autora describe un escenario tan vivo y real que se nos engrasa la frente al leerlo. Pero todo este montaje de cansancio, trabajadores y fritangas culmina en un soliloquio de la casera acerca del porqué está bien que un hombre sea homosexual, pero no una mujer. Específicamente, su hija. Y tal vez a algunos nos afecte este discurso y lo veamos instintivamente reprochable, cargado de quién sabe cuántas capas de pintura cultural que nos llevan a pensar y decir una idea que creemos propia, pero en realidad se nos han inculcado hasta la médula. Quizás yo también esté repitiendo algo que me inculcaron y creo que es lo justo y moralmente correcto. El tema no es juzgar, sino entender. ¿Qué nos puede llevar a decir algo así? Nos quedamos atorados como la mujer del relato y tenemos que pedir un jugo. Ojalá en ese zumo se nos revelase que no todo es maldad; a veces es más complejo. En ambientes cotidianos (he aquí, creo, la decisión del escenario) se nos esconden detalles que engloban aspectos fundamentales de nuestra vida. Ojalá pudiera entender por qué alguien diría algo así. Creo que ya es un paso reconocerlo. Por ahora, me quedé atorado.
La pérdida inaceptable
¿Por qué llegué a sentirme intruso (o un mal tercio) en relatos como El último café y Los sueños me llaman mamá? Tal vez porque siento que me contaron sus vidas enteras en unas cuantas líneas. El dolor propio se sopesa; el ajeno, pesa.
Fuimos invitados a presenciar el sufrimiento (sutil, tan sutil que quema) de una pareja que perdió a sus hijos mucho tiempo después de haberse perdido ellos mismos. Vemos a dos ciegos buscando una respuesta y no podemos ayudarlos pues, pese a que nosotros sí podemos ver, nos encontramos en una habitación oscura. “-Me fui amarrado a muchas cosas. – ¡Pues venga lo desamarro!” se dicen entre sí, cojeando sentimientos reprimidos. Nos toca asentir con el rostro mustio y, si cabe, criticar al sacerdote por no presidir las exequias; no hace falta decantarnos por un bando: ni Carmen ni Francisco necesitan más batallas. Acompañémoslos en su, quizá, último café.
Podremos haber dormido mil horas, pero siempre Los sueños me llaman mamá trae consigo ese insomnio de lámparas de mesita de noche. También hemos pensado en ese ser querido que debemos llamar y lo postergamos creyendo que estará toda la vida esperando. Y lo sabemos, sabemos lo que queremos, pero no lo hacemos. “… y no me deja cerrar los ojos porque llora a veces por las noches (…) como lloran las niñas cuando no pueden dormir y quieren llamar a mamá”. ¿Y entonces por qué no lo hacemos? ¿Por qué no nos tomamos el último café y llamamos a nuestra madre? Parece que existe una pérdida difícil de aceptar. Parece que hacerlo es convivir con la idea de que la vida sigue, de que los hijos y las madres un día ya no se responderán más, y si ese día es cercano o ya ocurrió, buscamos distender lo máximo posible el hecho de reconocerlo. Tampoco hemos de juzgar. Se puede vivir así y morir habiendo nunca aceptado.
A veces me mira a los ojos y se entristece, y me dice “Mami”. No le gusta contarme de sus sueños, pero sé que los tiene atragantados.
Nuevamente, se trata de sufrir. En esta calle sin salida y sin retorno donde aceptamos algo (la pérdida), pero no sabemos si queremos seguir adelante sin ella. Esperar es sumamente de humanos.
El verbalizador
Dos relatos parecen no tener relación entre sí, pero me pareció encontrar en ellos al lenguaje como edificador. Me refiero a Cuatro Caras y Sobre los nombres y las consecuencias de confundirlos. El primero, representación de la mamá grande como núcleo donde convergen todos los múltiples rostros en uno solo; el segundo, la insidiosa confusión de un nombre que en realidad puede ser múltiples nombres más. Cada una aborda el revés de una moneda. Y puedo equivocarme, me advierte la narradora: “Está bien, esta no es mi mejor línea, y ni usted será mi mejor lector…” Pero creo inconfundible la noción del lenguaje construyendo memorias en ambos cuentos, sin importar la confabulación o contaminación de estas; las diferencias de trajes, las disímiles percepciones literarias, la primera línea escrita por alguien más, no llorar a nadie, pero sufrir a todos. Todo es una gran casa de recuerdos en apariencia fotográficos, pero en realidad lingüísticos. Nombrar, ya sea, a Niyo, a Betty, Cris o al innombrado, es mantenerlos vivos, ya sabemos eso. Lo interesante son los porqués. Revivir en el lenguaje la alegría, el pesar, la añoranza. Verbalizar aquellos nombres con los que soñamos.

La gran ausencia que el arte recuerda
Creo que todo lo dicho converge con una insoportable intensidad en Detrás de las cortinas. Acaso, el cuento que más me afligió. Sentirme nuevamente intruso, pero esta vez querer huir. Subí la montaña del sufrimiento y había unas cortinas en la cúspide. “Sufre porque quiere, yo sufro porque no me queda más”, dice la hija refiriéndose a Dios. ¿Qué tanto tiene que doler para que olvides que no es propio? No sé exactamente lo que pasó; me enfrasqué tanto en la desolación de esconderse, de contar números y sentimientos como si fuera ya lo único restante (quizás lo es) que los eventos específicos me dan igual después de leer lo que leí. “Ellos se lo llevaron y nos los devolvieron, ellos, esos que también son hijos de Dios”. ¿Cómo vivir después de la tragedia? Esto no es una opinión, es un sentimiento en el fuego de la literatura, capaz de provocar que tiemblen las manos, que la garganta se seque y se empapen los ojos. Desentrañé en mí un dolor profundo y me di cuenta de que no era la sombra del sol, sino sus lágrimas.
En El rostro quedan nostalgias de las grandes ausencias. Fijadas en el arte. Parece obvia la imagen de la pintura incompleta como representación de la experiencia incompleta. Pero, también me gustaría añadir, ese rompecabezas artístico que hilvana pérdidas y, consciente de que son irrecuperables, las representa con el coraje de Dios: “Creía también que Dios tenía lagunas y lagos del tamaño de su sien, que es el mundo, y que acordarse de todo debe ser un dolor de cabeza”. En efecto, la ardua tarea del artista de recordar lo que ya no es ni será. ¿Para qué?
Esta idea tiene su antítesis (en realidad, es como un diálogo a distancia) en Habitaré lugares que desconozco en donde se presenta la opción ligeramente contraria: en vez de encarar con arte propio la ausencia, se reprime con arte externo. Se elucubra una historia ajena, no tan lejana como para que nos sintamos aludidos, ni tan cercana como para sentirnos afligidos. Una ficción con todo el propósito de serla. Por eso el relato se rodea de libros; dejemos que los otros hablen de sus problemas, yo callo los míos. Una búsqueda externa donde se nos hace imposible distinguir si el motivo es suplir el vacío con el vacío del otro o simplemente reprimirlo.
Ante todo, ¡lo bello!
Quiero finalizar con los cuentos de El manifiesto del espejo en los que siento un resquicio de esperanza, en los que no es que se ausente el sufrimiento, sino que se contrarresta con una luz igual de fuerte. No quiero pecar de soñador, ni embotado, pues este universo urdido por Cindy, forja carácter. Solo que como vimos con Adela en la realidad no solo hay crueldad, también existe aquello por lo que sonreímos.
En La niña de cartón esa inocencia que habíamos presenciado pervertida en Adela se torna recurso fundamental para contrarrestar un mundo terrible. La narradora es ingenua (“No le sirvieron tal vez los pies ese día, o le dio un calambre y lo alcanzó la muerte”) y quizás lo sabe; prefiere utilizar dicha ingenuidad como escudo y su mejor arma es saberse indefensa, saberse “de cartón”. Su mejor cualidad es no tener viveza. Pues así para nadie es amenaza. La historia concluye, pero la vida de la narradora continúa: Sabemos que entiende que con los adultos no aplican las mismas reglas, que allí nadie es de cartón, pero no sabemos su rumbo, nos quedamos con ese recuerdo de infancia de patas peladas, de corrinches y juegos.
La crítica en La madre de los mil nombres recorre los mares como una carta enfurecida. Y con todo sentido. Expresa, en su sufrir, la rabia del encasillamiento femenino como seres abnegados, secundarios, personajes al fondo del escenario. Demuestra el derecho a estar íntegramente triste, sin necesidad de ser consoladas por una figura “superior”.
Yo no me sentía turista, ni tampoco nativa, más bien una migrante solitaria que buscaba desaparecer entre los límites de la arena y el mar.
Se canta el derecho a relatar, a ser múltiples bajo el yugo de nadie. Y, efectivamente, se sufre. Pero siempre todo puede permutar en una voz propia o al menos eso creo entrever en el cuento que culmina con un “Y ¿quién quita? Encuentre todavía en Nauru a una persona igual a mí, que cree que solo las diosas madres pueden escuchar el ruego de las mujeres tristes que se imaginan cosas para no morir como un simple relato inventado.” ¿Somos nosotros esas personas? Quiero creer que sí.
Y, finalmente, en Flores que flotan sobre los pies de una mujer está ese “sol de agua” revelado en lo más cotidiano de la existencia humana. Puede parecer una vida frustrada, una ensoñación que nunca será materializada, pero, amigos míos, estamos leyendo algo bello. La narradora, en todo su infortunio, tiene de sobra las palabras lindas, la sensibilidad poética, las flores en los vestidos. Y puede que no haya tenido suerte con los hombres, como dice, pero, ¿cuánto se daría por tener suerte con las letras? Es en esa virtud, no sé si consciente o inconsciente, que habita lo bello como fuerza que se niega a desvanecer ante los embates del sufrimiento. ¿Cómo le alcanzan a un ser humano moribundo unos cuantos versos? Quizás cuando lo pensamos personal, diríamos que no es tan magnánimo como lo planteo, pero cuando pensamos que aquello le puede servir a un amigo, a un ser querido o un total desconocido como yo, se establece si en verdad todo está perdido cuando aún quedan unas cuantas bellezas relucientes en una cajón de sentimientos y emociones. Pongámonos nuestros mejores vestidos y cantemos, porque hasta del sufrimiento puede surgir lo bello.
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