Leyao Rovira piensa en voz alta sobre ser adoptada de China en España, el racismo que nadie nombra y las preguntas que el sistema sigue sin responder.
Por Leyao Rovira, activista antirracista (@nomellameschinita)

La adopción no es una salvación
La adopción no es un favor, una salvación o un motivo de agradecimiento en sí mismo. Desde el punto de vista decolonial, pensando en la autora Lissell Quiroz, la adopción internacional se inserta en relaciones de poder, de clase, raza y género, reproduciendo la oposición colonial entre la familia occidental «noble y humana» y la madre del Sur «salvaje y deshumanizada».
Como persona adoptada de China, puedo decir que esta mirada se vincula directamente con el síndrome del salvador blanco: condescendiente, adultocentrista, eurocentrista y profundamente colonial. Está presente en la mayoría de discursos y productos culturales sobre el tema. No es casualidad que la mayoría de adopciones internacionales se realicen en el llamado Sur Global.
De pequeña, pensaba que la adopción era sinónimo de amor. Puede ser. Pero no a riesgo de idealizarla. También es un acto jurídico, un «acto de autoridad que se origina en resolución judicial y constituye la relación de filiación adoptiva entre adoptante y adoptado» (art. 176 Código Civil), atravesado por acuerdos entre Estados, desigualdad global, jerarquías étnicoraciales y capital económico.
En España hay miles de personas adoptadas a raíz del auge de la adopción internacional de los noventa, procedentes de Asia, Rusia, determinados países de África y América Latina. Entre 1997 y 2024, España recibió más de 56.000 adopciones internacionales, con un pico en 2004 de 5.541 niños y niñas, principalmente del Sur Global (Ministerio de Juventud e Infancia, 2026).
En cierto modo, sociológicamente hablando, pueden considerarse migraciones forzadas de infancia1. Existen múltiples casos documentados de tráfico de bebés o «adopciones» sin consentimiento de la familia biológica —como en Nepal, país que llegó a suspender sus adopciones internacionales durante más de dieciocho meses precisamente por estas irregularidades (La Voz de Galicia, 2009), y de donde España adoptó a 176 niños y niñas entre 2001 y 2004, casos donde UNICEF alertó sobre secuestros y «ventas». Se vulneraron de derechos humanos básicos (identidad familiar, prohibición de tráfico infantil) con fines económicos, alimentados, entre otras, por estructuras de parentalidad colonial. Recomiendo Volver a los orígenes, de Chandra Kala Clemente (doctora en Antropología, presidenta APACAT), etnografía que analiza búsquedas de orígenes en adopciones transnacionales. La conclusión es que hay un considerable número de adopciones truncadas.
La biología como legitimidad
Tanto las familias adoptantes como las personas adoptadas enfrentan discriminación por no encajar en el modelo familiar «convencional»: el nuclear cisheteropatriarcal, donde la biología y la correspondencia racial prueban la legitimidad del vínculo. Según Las familias adoptivas y sus estilos de vida —investigación sociológica pionera en España que analiza características y percepciones de hogares con adopción internacional—, el 54,3% percibe su familia como «alternativa menos satisfactoria», y el 37,9% siente que sus hijos son valorados socialmente como «hijos de segunda». La biología y la genética se convierten en indicadores determinantes.
A partir de Sophie Lewis (Abolir la familia, 2022), podemos cuestionar esta institución: deconstruir la idea de «familia de sangre» como la «de verdad», romantizada mediante la prohibición o negación de la búsqueda de orígenes. Esta lógica revela una doble vara de medir: miedos adultocéntricos —como el temor a que la persona adoptada, al conocer su historia, cuestione el vínculo o «elija» a su familia biológica— que terminan perjudicando más a las personas adoptadas. Esos mismos miedos son los que permiten que se silencien o se dejen pasar situaciones de violencia dentro de la familia adoptiva: si cuestionar el vínculo está vedado, también lo está denunciar lo que ocurre dentro de él. Las inquietudes de las personas adoptantes son válidas, pero no deben ser el foco. Basta de esta mirada adultocentrista.

En la familia adoptiva blanca, urge deconstruir la idea de que la adopción es una solución al trauma por infertilidad sin terapia, o sustitución de un hijo biológico. Esa expectativa de «lo que podría haber sido» es perjudicial para la persona adoptada —y contradice el interés superior del menor, principio rector de la adopción (art. 176 Código Civil; Convención Derechos Niño, art. 3). La adopción no es sobre el derecho a tener un hijo: ese derecho no existe. Lo que sí existe es el derecho del menor a crecer en un entorno que garantice su bienestar, su integridad y su libre desarrollo.
La muñeca exótica y la otredad
La mirada blanca organiza los cuerpos racializados según estereotipos que cambian con el tiempo, pero nunca desaparecen. En la infancia, las personas asiáticas adoptadas son leídas como «muñecas de porcelana»: frágiles, exóticas, dóciles, con facciones percibidas como más cercanas a lo blanco que las de otros cuerpos racializados pero nunca suficientemente blancas. Ese estereotipo impulsa la adopción —la muñeca exótica y el niño apadrinable son los que a veces movilizan el deseo del adoptante— y consolida el daltonismo racial de las familias blancas: la creencia de que «no existen colores, solo personas» les permite no ver la racialidad de sus hijes, invisibilizarla, y con ello eludir la responsabilidad de acompañarla. La adopción de una persona racializada no es un antídoto contra el racismo.
Pero ese estereotipo privado —el que funciona puertas para adentro, en la familia que adoptó— choca tarde o temprano con el estereotipo que activa la sociedad sobre las personas adoptadas racializadas. Como señala el comediante y actor Lamine Thior, las infancias negras pasan de ser «niños apadrinables» a «potenciales delincuentes» en cuestión de poco tiempo. En personas asiáticas, el trayecto es distinto pero igualmente violento: de muñeca frágil a persona invisible, hermética, silenciosa, «que no molesta ni ocupa el espacio público». La mirada blanca no criminaliza igual todos los cuerpos racializados, pero en todos los casos niega su humanidad reduciéndolos al estereotipo, o a una dignidad excepcional: en el imaginario, todas las personas asiáticas son el cuerpo sospechoso, el cuerpo extranjerizado, excepto aquella legitimada por la mirada blanca.
El racismo todo lo cubre
Volviendo al entorno más cercano: ese borrado no solo opera en la calle. Existe racismo hasta en la misma familia adoptiva, donde se percibe a la persona adoptada, conscientemente o no, como blanca o excepcional —una excepción que no es casual: en la adopción internacional que pasa por lo blanco y lo europeo, la infancia racializada es legitimada precisamente porque fueron ellos quienes la trajeron, quienes la autorizaron, quienes la nombraron. La aceptación no necesariamente cancela la jerarquía racial; la reproduce desde adentro. De ahí el borrado de la racialidad y la cultura de origen, que ya empieza con el nombre original, pocas veces considerado como primera opción. En la familia adoptiva blanca, urge cuestionar la existencia de tendencias asimilacionistas desde una óptica blanca y eurocentrista. No estamos hablando de casos aislados. Vivimos discriminación racial sistemáticamente, sin pertenencia sólida: se nos ve como «productos exóticos» que deben integrarse, y nos excluyen por no «parecer» de aquí.

Una vez, una amiga que terminaba su tesis sobre adopciones chinas me contó: había madres blancas adoptivas a las que les chocaba ver una imagen de mujer china de mediana edad e imaginar que podría ser su hija adulta. En su mente, ya no era esa muñeca exótica de «rasgos más finos» —ese estereotipo que, entre otras cosas, pudo ser un motivo de la adopción y que persiste en el imaginario privado de los adoptantes, pero que deja de funcionar en cuanto la persona adoptada sale del ámbito doméstico y se convierte, a ojos de la sociedad, en un cuerpo racializado más—. La imagen correspondía más al estereotipo de una «dependienta de bazar chino». Otredad pura.
Está tan interiorizado, que las familias adoptivas blancas reproducen estereotipos racistas camuflados en tono de broma: se crea un «nosotros» blanco donde se incluye a la persona adoptada. Y es curioso cuando sucede en situaciones donde se hacen comentarios deshumanizantes hacia colectivos migrantes, como si a la persona adoptada no le interpelara directamente, porque en el imaginario familiar ella no es uno de esos cuerpos racializados. Pero por la calle, sí.
El sistema no protege al menor
Esa otredad exige sistemas que prioricen al menor, no al adulto. Es inconveniente pensar la adopción como reconocimiento por «superar» la infertilidad: ninguna persona tiene derecho a tener un hijo, independientemente de las circunstancias. Pero el menor sí tiene derecho a restablecer su familia. Si el bienestar de las personas adoptantes centra el proceso —mediado por poder económico, racial y cisheteronormativo—, no hay interés superior del menor (Convención Derechos Niño, art. 3). CORA, La Voz de los Adoptados y APACAT lo afirman: adopción es protección, no planificación familiar.
El menor tiene derecho a vivir, crecer y desarrollarse en el seno de una familia idónea, y es obligación del Estado garantizar su bienestar. Un bienestar que no se desprende de su integridad física únicamente, sino también de su expresión vital, su origen étnico y el libre desarrollo de su personalidad. Sin embargo, las estructuras actuales de reivindicación de derechos en torno a la adopción terminan, con demasiada frecuencia, atendiendo más a las necesidades y expectativas de las personas adoptantes que a las de quien debería estar en el centro: las personas adoptadas.
¿Por dónde van los tiros?
Investigadoras y activistas han profundizado en el pensamiento decolonial, y es necesario que, para superar las contradicciones que articulan el sistema de adopciones, miremos hacia epistemologías que nos permitan analizar las lógicas que lo sostienen. Se requiere una transformación antirracista decolonial que intervenga en el sistema de adopción español e interpele al modelo convencional de familia al que nos hemos referido. Más allá de la propuesta de política pública —que corresponde a otras instancias y debates—, existen enclaves institucionales y organizativos desde los que actuar ya: SOS Racismo ofrece acompañamiento, denuncia y formación desde la sociedad civil; la ILP Regularización Ya representa una forma concreta de responsabilidad política popular: defenderla es también una posición antirracista. Desde el punto de vista colectivo, transformar la mirada desde la que se interpela el sistema es condición necesaria, aunque no suficiente. Una entrada accesible y pedagógica es Ponte a punto para el antirracismo de Desirée Bela-Lobedde: didáctico, directo y diseñado para quien empieza. Desde el periodismo español, Moha Gerehou ofrece una mirada antirracista que hace accesible lo estructural para audiencias amplias. La poesía de Paloma Chen —en particular Invocación a las mayorías silenciosas, poemario que trata el racismo antiasiático desde la posición de hija de inmigrantes chinos— abre otra dimensión: la del cuerpo y la lengua como territorios racializados. Yuderkys Espinosa, empezando por sus disertaciones disponibles en YouTube y continuando con su obra escrita, proporciona las herramientas epistemológicas decoloniales para leer todo lo anterior en clave estructural. Ninguna lista sobre antirracismo cierra sin Angela Davis ni bell hooks: referentes imprescindibles del pensamiento crítico racial.
Y aún así, yo me lo sigo preguntando. ¿Están dispuestas —Estado y familias— a escuchar a personas adoptadas, no sólo a instituciones? ¿Existe formación antirracista obligatoria dentro del proceso de idoneidad, o seguimos delegando en la sensibilidad individual? ¿Entienden las familias adoptivas blancas que el racismo no es cuestión de opinión, sino base del sistema?
Tu china doll creció. Y tiene mucho que decir.
- El uso de migraciones forzadas de infancia no equipara adopción y migración en sentido jurídico, sino que nombra el desarraigo, la separación y la extranjerización social que atraviesan algunas adopciones internacionales. ↩︎
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